jueves, 8 de junio de 2017

Breve apunte sobre Veneno para la ausencia de Chary Gumeta, y una selección de poemas


 En Tuxtla Gutiérrez y otros municipios del mosaico multicolor que es Chiapas, se rebosa de poetas de todos los estilos. Poesía indígena en sus lenguas maternas, poesía popular, poesía académica, vanguardista, comprometida, costumbrista, feminista, etc., la “paradisíaca” entidad tiene una amplia oferta poética en la que todas las formas, todos los colores, todos los sonidos se entrecruzan y corresponden. Es por ello que no resulta extraordinario que los acentos lúgubres y violentos también tengan sus representantes y su búsqueda. Lo sobresaliente, en este caso y bajo el colorido escenario, es hacer de la muerte –leitmotiv imperecedero– un lugar dinámico desde donde parte la experiencia poética, desde donde parte la esperanza. Chary Gumeta (1962) es de las pocas poetas chiapanecas que goza de las delicadas herramientas poéticas para convocar a los muertos y sus voces. Nigromancia de luz es quizá la propiedad más sobresaliente del poemario Veneno para la ausencia, primer libro que compone la antología poética Como plumas de pájaros de Chary Gumeta (Prólogo de Socorro Trejo Sirvent), y que recopila plaquettes y poemarios que se han publicado en el extranjero y a nivel nacional, en diferentes momentos del andar de la poeta oriunda de Villaflores.
            Compuesto por veintidós poemas, Veneno para la ausencia es un poemario equilibrado por el tema de la muerte, el tono intimista de los poemas y la peculiaridad de las imágenes donde lo fantástico y lo popular se entreveran. Pero en el ámbito de la poesía nacional, el poemario cobra relevancia por su tratamiento de la temática de la muerte. En el poemario, la muerte se presenta como un espacio habitado por fantasmas, un terreno desde el que la voz poética plantea sus ausencias, sus recuerdos, sus dudas, sus verdades y convoca a sus muertos para hablarles en ese lenguaje lumínico –“una perla diáfana y blanca”– sólo asequible para los que han pasado el umbral de la existencia. El espacio de la muerte, como ya he apuntado, es un espacio dinámico en el que se encuentran los amigos, los familiares y las ausencias. Rosario Castellanos, la abuela, la hermana, ahí están, hombres y mujeres a los que la voz poética llega sin llegar; la nigromancia poética exige lo mismo que a Orfeo: no voltear a ver a los muertos, sólo escuchamos y compartimos la voz, la poesía como ese pequeño consuelo que intenta llenar ausencias, huecos. Sin embargo, en este espacio familiar que es la muerte queda también consignadas algunas de las características de la pluma de Chary Gumeta: el arraigo, la tradición, y un hondo reflexionar y sentir la vida desde un existencialismo donde la libertad, la responsabilidad y el sino de la vida están presentes gracias a su tono intimista, tono que nos permite, a partir de personajes que pertenecen al mundo de la voz poética, reflejar o pensar en nuestro panteón personal.  

            La muerte como símbolo de la ausencia es también el espacio donde el vivo siente y penetra en su soledad. “Dolor de no tenerte”, dirá la voz poética para aseverar que la ausencia, como la muerte, no es un espacio inerte, en la ausencia no se puede mitigar el dolor, “es como un hachazo al árbol / como arder en penumbras de muchos soles”, en el dolor de la ausencia está el insomnio, el vacío, el recuerdo que es nostalgia y la nostalgia una llaga que contiene el peor de los padecimientos: “tu nombre impregnado en la memoria”. En términos de lenguaje, la ausencia le permite a la poeta indagar en versos donde está involucrado el cuerpo y su sensibilidad, la pérdida se revela en los labios, en el aliento, en las manos, en los recovecos del cuerpo, esto impacta directamente en versos de un sensibilidad aciaga donde lo fantástico hace su aparición para involucrar los sentidos: “Entonces, sí, Marcela, / lluéveme con ganas / y derrama sobre mi cuerpo el azul de tu mirada.”

            Sensibilidad en contacto consiga misma y con el exterior, resulta obvio que Chary Gumeta no pueda escapar del influjo de los eventos sociales que permean a nuestro país, sobre todo cuando estos eventos van de la mano con la tragedia, la violencia y el abuso de poder en una sociedad que tiende a la deshumanización acelerada. Entonces la pluma de la poeta sureña consigna la muerte de los otros: los suicidas, las víctimas de la fatalidad y las víctimas de la democracia fallida que es México. En poemarios como Voy al norte con el viento sobre el rostro, Poemas muy violetas y También en el sur se matan palomas, es notorio que Chary Gumeta acomete una poesía comprometida con toda la intención de dar testimonio de las injusticias y absurdos, señalar a los culpables, denunciar las atrocidades y consignar el recuerdo de migrantes, victimas del crimen organizado, presos políticos y, en fin, el rostro de un país deteriorado por la desigualdad, la corrupción, la pobreza y la violencia; sin embargo, ya en Veneno para la ausencia esta preocupación por el contexto social ya se apuntala con tres poemas de excelente factura: “19 de septiembre de 1985”, “Para un suicida” y “Mamá. En el terreno de la muerte, “Para un suicida” es un poema que funciona como espejo en el que se refleja el conflicto de la contradicción humana. Todos tenemos algo de suicidas “porque vivir sólo ha quedado / en el libro de la vida”. Efímero y doloroso el humano, la pluma de la poeta, con un guiño irónico, nos señala la compleja naturaleza –y exclusivamente humana– de la autodestrucción. Por otra parte, “19 de septiembre de 1985” es un evidente homenaje a los sobrevivientes y a las víctimas del emblemático terremoto que sacudió a la ciudad de México. Sobresale no sólo por la propuesta del tema, también y sobre todo por el retrato lúgubre de una ciudad en ruinas a la que se le revela el rostro de la muerte. Por último “Mamá, texto que cierra el poemario, es quizá el poema más emotivo de este primer conjunto. Dedicado a Alexander Mora Venancio, estudiante de la Escuela Normal de Ayotzinapa y desaparecido desde los sangrientos eventos de la noche del 26 de septiembre de 2014 en el municipio de Iguala, Guerrero. En el poema, la pluma de Chary Gumeta cede la voz poética al mismo estudiante que desde la oscuridad de la muerte se dirige a la madre que no ha cesado en su búsqueda. El poema es efectivo porque, a diferencia de los muchísimos poemas que se han escrito al respecto, la poeta logra incidir en capas muy íntimas del dolor humano: las palabras de los muertos que tratan de llegar a los vivos para otorgar el consuelo que no encuentran. Es imposible no recordar con el poema de Chary Gumeta a las voces muertas de Juan Rulfo en su Pedro Páramo, sólo que el recurso de prestarle voz a los muertos adquiere matices desgarradores cuando se trata de voces que fueron acalladas en una realidad que avasalla a la ficción. Reitero, profundamente humano, el poema destaca por su sencillez, efectividad, emotividad e inesperado final.
            Se puede seguir ahondando en el tema de la muerte en este poemario, así como en el resto de los libros que conforman la antología de Chary Gumeta, ya que la muerte como la rabia, el compromiso, la melancolía y lo fantástico, serán motivos y recursos que se mantendrán y crecerán en el resto de sus poemarios. Sin embargo, para un primer acercamiento a la poesía de esta autora a través del tema de la muerte, que es sólo un rasgo de sus intereses y horizontes poéticos, basta con este breve apunte y la selección de algunos poemas que complementan lo aquí expuesto. Por último, sólo resta señalar que una poética, naturalmente, la conforman tanto los temas como las herramientas lingüísticas que son aplicadas al poema, Chary Gumeta es una poeta fuera de lo común porque se decidió a hundir las manos y el pensamiento en motivos complicados a nivel técnico, y muy desgastantes a nivel mental y emocional. Entablar un diálogo con los muertos es una tarea complicada sólo apta para quienes tienen un amor profundo a la vida y las pequeñas cosas que la conforman. Me atrevo a aseverar que ese amor profundo a la vida caracteriza a Chary Gumeta como persona y como poeta.




Selección de poemas de Veneno para la ausencia:

Por la calle va brincando
una perla diáfana y blanca
hace ruidos que sólo escuchan
los muertos.




Por hoy,
quiero dormir y despertar cuando
tenga nietos, para jugar.




A menudo he dicho que cuando muera,
no quiero que me entierren en el panteón,
tendré mucho miedo de estar a solas
con los muertos, deben realizar mis funerales
bajo un árbol frondoso, con muchas ramas,
para salir de cuando en cuando a sentarme
bajo su sombra y mirar a la gente que se cobija con él.
Tampoco quiero que se afanen en cerrar
mi caja, deben dejar una rendija
para el aire fresco, los rayos del sol
y aventurarme en la mirada.





19 de septiembre de 1985
A ellos, quienes despertaron en otra dimensión
por un bostezo de la Ciudad de México
Persigo al viento por las calles
como loca en el desierto-hombre
las campanas gritan,
muestran cicatrices cuando callan.

El insomnio titila en el andamio
corrigiendo a sus ojos su cerrado;
sus rostros descansan invisibles
en el quicio de la ciudad de los perdidos.

Las imágenes del fondo no son reales.
Son quemaduras de luciérnagas actuales
que escriben con sus pasos grandes males
entre edificios y fierros reducidos.

Sangran los pies, sangran las manos,
los cuerpos se retuercen iluminados
con la eternidad a cuestas
en la angustia que se agrupa en la avenida,
una pausa los detiene
los abandona en los puños de la muerte.

El aliento congela la vida
las nubes lloran sin consuelo
un ave atraviesa los sueños
derritiendo la voz de la desesperación
en nocturnas y tristes amapolas.

Congestionado el lienzo de los muertos
caminan malheridos sobre el polvo del silencio,
pensando en las huellas moribundas
y en el humo espeso que se encuentra en su cabeza.

La ciudad duerme tras un bostezo
para volver hasta que despierten los justos.





Dolor de no tenerte
Para mi querido amigo Ulises Mandujano, el Che Garufas
No quiero compartir con nadie tu partida
no quiero desocuparme de recuerdos
ni participar en rezos de luces de Bengala.

Mi pensamiento atraviesa los desiertos
con sobresaltos de antaño
que acarician el velo de vivencias.

Te confieso afligida que mis lágrimas
no son visibles a la luz.
No me culpes por soltar palomas en octubre
para atravesar las nubes caprichosas
ni tampoco me digas
que los muertos entierran a los muertos
para darme consuelo de cigarras.

Tengo una gran herida
que no puede ser curada con caricias de flores
un vacío
que no llena ni el sol del paraíso
una pérdida
que no se sufrió ni el diluvio.

Resucito a ratos
y ese pesar que me lastima
sigue hilvanando la orilla de mi corazón.

No puedo mitigar el dolor
es como un hachazo al árbol
como arder en penumbras de muchos soles
un vacío fúnebre de oscuridad eterna.

No puedo respirar
un nudo atraviesa mi garganta
con lágrimas perpetuas de tristes despedidas.

Qué dolor de no tenerte
qué dolor por haberte perdido en el bosque de los sueños
qué dolor de no volver a respirar tu mismo aliento.

Todo queda suelto, volando sobre el limbo
desmenuzándose en ese dolor atroz para los vivos
vociferando grandes males para el mundo,
conteniendo la mirada con perlas de aguatinta
en un fluir constante de eternas despedidas
en un decir adiós, quedo y silencioso
en una despedida ya tempestuosa ya pausada
con un dolor agudo y angustioso.

Y en esa suerte de insomnio sonideros
quedarán a la intemperie dolores solitarios
mitigándose en el remanso de la tarde
con tu nombre impregnado en la memoria.





Para un suicida
La vida se acaba
hasta que se acaba
para Marco Fonz

Escucho voces
de edades distintas
es evidente que mi oído
aún descifra la transparencia.

Cada edad tiene una experiencia acumulada
que entierra el alma cada día
pretendiendo existir
porque vivir sólo ha quedado
en el libro de la vida.

Es tan absurdo el suicidio
como una tragedia brutal
e incomprendida
donde vivir está prohibido.

Morir es libertad
¿entonces para qué vivir?
Cortar de tajo
mientras las estrellas brillan en el cielo
y hace buen tiempo para volar.

Hay cierta lucidez en el suicida
su impensado hecho y confuso motivo
le dan la fuerza
para no seguir vivo.





Para Alexander Mora Venancio,
estudiante desaparecido de la Escuela Normal de Ayotzinapa

“Mamá
en esta oscuridad en que me encuentro
pienso en ti y en tu inconsolable llanto
por saberme perdido.

En este silencio estoy angustiado
porque no sé nada de ustedes.

Déjame que te cuente
que en esta soledad
ya soy amigo del viento y de la noche,
que el día me sirve
para recordar tu rostro, el de papá
y el de mis hermanos.

Mamá
aquí sólo puedo andar a tientas,
no me encuentro,
no sé en qué momento
me extravié de tus ojos y de tus manos,
no escucho tu voz.

Mamá,
por favor, no dejes de buscarme
que estoy ansioso por volver a tus brazos,
por volver a soñar junto a ti.

Diles a mi padre y a mis hermanos
que perdonen a quienes nos quitaron la vida
y nos causaron lágrimas”.


Ficha: Chary Gumeta, Veneno para la ausencia, en Como plumas de pájaros, Antología poética, CONECULTA-CHIAPAS, México, 2016.  


martes, 6 de junio de 2017

Enjoy the silence




                                                                                                                                             

El halo de luz morada pasa rápido sobre el cementerio estampado de tu blusa. Un trago frío, el espíritu del alcohol aviva la percepción de tus ojos bailando al ritmo de Enjoy the silence. Depeche Mode difícilmente pasará de moda mientras en las fiestas sigan sirviendo anfetaminas, whisky barato y Salomés vengativas sigan llenando los despostillados tarros de cerveza de los mal amados. Un poeta, es decir otro mal amado, sostiene, con la finura de quien escribe sobre el torso desnudo de una amante burguesa, que en realidad no hay tales incapacitados para el amor sino la carencia de dólares para embellecer versos, crear ficciones. Como sea, todos los hombres somos lo mismo: parias bífidos que pasan la lengua de sus ojos por el contorno de sombra neón que se desprende de tu cuerpo en movimiento. Este es un mal lugar y un mal momento para pensar en poesía y dinero, pero tampoco quiero pensar en la distancia de tus pasos tránsfuga, en las puertas del subterráneo cerradas, las calles cercadas por retenes militares; mucho menos regresar al recuerdo de los grilletes en los muslos. No tengo ni un centavo en la bolsa para invitarte una cerveza.
Los segundos siguen imperceptibles detrás del ritmo de bits y guitarras, la música es un puente que te saca de este quinto piso desde el que se observa un cementerio de cruces níveas en la punta de una llave. Casi se podría afirmar que la pulcritud es la misma de un mausoleo helénico. En sus muros parece haber fiesta, como si ésta alegría etílica también los invitara al espejismo del Caribe extinto. Pero no es fiesta, ¿qué, cómo diablos se puede festejar después de la matanza de los elefantes? Nada se obsequia allá y el frenesí musical de ésta fiesta sigue sosteniendo un puente infranqueable entre tu delgada llama en movimiento y mis palabras:
Escolopendra
Emet
Fuego
Ollin
A mi lengua, extremidad con el universo, le han cercenado la magia adánica. Negras crisálidas escupo cuando quiero hacer escuchar, por encima de la estridencia jovial, tu nombre. No me miras, por un momento siento escamas en la piel y levanto el asedio de mis ojos.
Aquí adentro, reptiles sobrevivientes apaciguados bajo una nube cargada de onirismo, allá afuera una horda de jirones humanos, más zombis que hombres, que han roto el ensueño de su televisor y se estrellan con bríos de alce metálico contra los muros marmóreos del panteón dedicado a los héroes de la democracia.
¡Eso sí es una buena bacanal!
Grita un neohippie desde la ventana confundiendo su aguardientosa voz con un solo de saxofón que tú disfrutas en solitario; trato de seguirte incapaz de leer la intención del sutil devaneó con el que te entregas a la combinación de guitarra y sax, sin que lo sepas eres posesa de un cuento por ti narrado en el que te delatas caracol. Ni yo mismo sé cómo pasamos de los Smiths a Caifanes con Quisiera ser alcohol.
¡No mames, esos cabrones se quieren aspirar a los muertos… la coca de la sagrada democracia!
Vuelvo a la ventana. Me gustaría preguntarte si alguna vez contemplaste la pintura de Los funerales del poeta Oskar Paniza, de George Grosz, o si en algún momento escuchaste Sinfonía para cólera y revolución. Discurso para ratas en tres tragedias del moderno “Kostalkolnikof”. El tumulto en el cementerio tiene mucho de ese carnaval siniestro, uno sobre otro los zombis se agolpan mecánicamente sobre los muros, la piedra cristalizada es un crujir al chisporrotear de un fuego incontenible que se asoma en los ojos, en el aliento inerte de un solo monstruo: la masa amorfa.
            Y ahora, aunque quisieras ver lo que aquí acontece, tendrías que recuperar el hilo de oro que nos robaron en el laberinto para volver de ese mundo que sólo tú nombras. Atrás de ti un girasol con dorso de sirena se escapa de tu ritmo de sangre, sin querer advierto la cadencia de una música volcánica, mineral. No sé de qué mano ingrávida provienen las perlas que vienen a dar a esta porqueriza. Del árbol cae una pera que antes de impactarse se vuelve cascada. En un rincón del mundo sin agua las lajas recuperan su corazón de jade.
            Sin embargo, ese sonar de caracola no proviene del silabario de tu danza. No puede, no podría ese crujir de huesos emerger de ti. Los muros de coca han sido quemados y es el asalto del hambre el que suena a tambor de guerra.
           Alucinas poemas con plumajes de quetzal y oquedades en cuevas submarinas para el sueño de las ballenas; en algún documental escuché que en geografías así descritas se había fecundado la vida.
Al mismo tiempo, las agencias de seguridad privada dan la señal de alerta a sus amos y los sepulcros de cocaína, que en realidad son bunkers revestidos con imágenes de la santa muerte tallados en marfil, se abren de par en par para que de ellos emerja el clásico desfile militar del 16 de septiembre que encabeza la virgen desnuda de Guadalupe. Los altavoces son tomados y retumban entre las ruinas de la ciudad vestida de seda. Los discursos y las ofertas celadas devoran la música, mas tú quedas suspendida en la canción que emerge de ti y la promesa de una montaña estrellada convoca a los reptiles, vuelvo a sentir la piel escamada e intento no perder el rastro de tu deslizar silábico, tu cuerpo.
Los tanques y los grupos antimotines toman posición para despejar el cementerio, los altavoces vomitan promesas que son respondidas por guturales voces disonantes, la indignación se inflama bajo una torre babilónica donde nadie se entiende. No nos entendemos, nos negaron el don de una lengua común, unos hablan con el hambre, otros reciclan la arenga política, muchos más sólo han venido por el oro blanco y yo aquí, expectante, anónimo y esquivo, con un lenguaje infértil que no te alcanza “las palabras no sirven para nada. / Sólo sirve el odio, / una mano sobre un libro, / una pintura que nombra lo indecible, / una mujer con un libro entre las piernas.”[1] 
“No hay negociación posible”, afirman los altos dignatarios, “México es un país que se guía a través de las instituciones, mismas que ustedes han violado. Bajo esa amenaza, el Estado no puede más que responder con la fuerza que la ley le garantiza.” Afuera llaman a las armas, gritan “guerra”, tú enuncias “tierra” y el desierto se nos revela apenas en una duna sugerida en el pensamiento. Tus brazos, serpientes carmesí, versan sobre un eclipse y un diluvio que quedó registrado en algún muro de la extraviada Atlántida; en el cementerio alguien ha lanzado la palabra que autoriza la bengala de la muerte:
Tú dices “Mantis”…………… una ojiva destroza la primera línea enemiga
Pronuncias “Alba”…………..entrañas reventadas en el estruendo
“Miel y Junco”……………..sobre la armada pobre llueven granadas
“Árbol de la vida”…………… plusvalía de la guerra
“Secreto del viento”…………..monumento de cráneos para un dios enano
“incienso-silencio”……………. ¿La paz de los muertos?
            Humaredas de estandartes caídos se filtran por la ventana. Por estar absorto no había reparado en que han llegado más invitados. Ahora todo es absoluto silencio sólo interrumpido por hormigas inmediatamente dispuestas a reparar los muros derribados, barredoras dentadas apartan los cuerpos masacrados y algunos gritos aislados vienen a posarse sobre nuestra indiferencia alcohólica. La flora y fauna por ti nombrada, la atmósfera de lejanos soles de Mayo, se ha disuelto en la ingenuidad de tus ojos sonrientes, abiertos por fin, todo ha desaparecido en tu belleza estática de efigie recién llegada de un viaje secreto. Algo comentamos sobre el ruido de las barredoras, sobre el deber de estar ahí, con los iguales, con el pueblo; coincido y quisiera confesarme contigo…
            Es una lástima que una fiesta se quede sin mezcal y sin música, algunos mal amados dan de tumbos buscando algún trago ausente de dueño; igual que afuera, en el cementerio, este quinto piso se ha impregnado de un halo de hesitación. Ya no son tus ojos ni ese puente de langostas los causantes de esta nube gris sobre la sala. En la cocina se han juntado todos. Me aparto de ti, te dejo cansada entre los amigos con los que charlas en el sofá sobre esa píldora nueva que venden en el mercado negro. Voy hacia el grupo de personas que debaten con intensidad en la cocina.
            Pero vuelvo enseguida, las luces se apagan y sólo vuelve a quedar una beta de luz morada que bordea el cementerio de tu blusa, la música vuelve a sonar con estridencia, nuevamente Depeche Mode, ¡qué buena rola!, siempre he querido decirte que me seduce tu piel marmórea al contacto de la niebla violácea. Pero no hay tiempo, me preguntas qué pasa mientras te tomo de la mano y me miras finalmente. Mal amados y odaliscas salen despavoridos; claro está, nunca dejaré que te sentencien a los grilletes en los muslos.
            Las últimas personas en llegar a la fiesta no eran invitados, te explico antes de emprender la fuga, realmente era banda que venía huyendo de la matanza en el cementerio. En el camino hacia el quinto piso, explican ellos, los policías antimotines y el escuadrón de exterminio detuvieron a unos cuantos jóvenes que portaban pancartas del Frente de Pueblos y del afamado Frente Oriente. El secretario de la defensa nacional, entonces, no dudó de que el levantamiento fuese provocado por el fuego de nuestra hoguera. En los noticieros declaran que agitamos a las masas y aseguran que la resistencia come con nosotros, en nuestra mesa. La pista de baile se ha quedado vacía, el escuadrón de exterminio viene a la fiesta, es momento de correr.
Mas no partimos de inmediato, en silencio quedan nuestras miradas, algo quieres decirme pero ya no hay música, ni cascada. Te quedas sin magia, cercenada de tu propio lenguaje igual que yo: absurdo y perplejo con la palabra infértil que no te alcanza, “No alcanzo tu cuello, /no puedo moverme. / Siento tus ansias. Pero tú también estás muerta. / Te me deshaces de tanta fatiga, / al contacto de mi mueca. / Nos arrastramos tratando de alcanzarnos, / pero cuando llegamos al sitio donde nos esperábamos, / ya no hay sitio, / ni cuerpos, / ni amor.”[2]


Fotografía: Eduardo Hernández. 




[1]             Los versos de Óscar Oliva son una constante en los muros de las prisiones, la cárcel que es toda la ciudad. La poesía también está en resistencia y no es mi culpa, es el estado de sitio y la cólera concentrada que nos heredaron nuestros padres.
[2] Cuando terminé de remontar los versos de Óscar Oliva tenías ya minutos de haber abandonado nuestra ciudad sitiada. Es verdad, fue un mal momento para ponerme a pensar en poesía. Corro en sentido contrario a las sirenas…

Caesar o el terreno de la guerra




La poesía hoy como cualquier producto cultural es mera moneda corriente. Grupúsculos, poetas emergentes, poetas apadrinados, poetas becados, poetas licenciados, poetas del pueblo, poetas malditos (¿todavía?), poetas amorosos (los peores), poetas académicos, slameros (que se ofenden si no se les reconoce como poetas), raperos (versificadores confundidos), performanceros, antipoetas  y vaya… podríamos desperdiciar la cuartilla entera en todo los ismos y caterva de poetas que pululan en un país que se caracteriza por sus altos índices de incomprensión lectora. Al parecer el slogan ha funcionado: “lee veinte minutos al día”, “México hacia un país de lectores”, “en esta escuela todos somos lectores y escritores”, bla, bla, bla… chida retórica… Nuestra “nueva poesía” exhibe lo soez de este tipo de demagogia cultural; ya sea en los escaparates de primer nombre para lo socialite cultural, pasando por los escalafones universitarios y políticamente organizados, hasta los defensores del pueblo y los habitantes del hoyo fonkie herederos de malos lectores de Fante, Bukowsky, Lowry y todos los dipsómanos y yonkies que usted recuerde. ¡Todos poetas!, todos con su trompeta de oro –latón; no mames… si aquí no alcanza pa’ más– intentando  ganar un lugar dentro de la parcela para la que escriben: En el paraíso de la globalización todos somos espectadores y protagonistas en un mismo click. Entre tanta “novísima” propuesta y promesa no pude evitar preguntarme sobre la poesía y para qué escribirla en estos tiempos en que la palabra es un reflejo equivoco de la democracia. Obvio, éste no es el espacio de la respuesta, pero sí de una propuesta que indirectamente quiere dar en un punto cercano a ella, más interesante que el fin anterior. Me refiero al poemario Caesar de la precoz escritora Daniela Rey Serrata.




             Lo primero que hay que señalar es que no estamos ante un libro de poemas o recopilación de los mismos, Caesar es un poemario, primera virtud de no poco mérito, pues la relación entre los temas y la escritura que se sostiene a lo largo del viaje temporal, anímico, sexual y poético que representa este poemario. Sí, es cierto, son 52 poemas que conforman un solo poema en el que la poeta agota las unidades temáticas que conforman el andamiaje de Caesar. Esto que parece un acento de aprobación académica dice en realidad lo único que me interesa, a nivel personal, expresar sobre la autora: su oficio poético. Daniela Rey Serrata es una escritora que rechaza la improvisación, la inspiración de primera impresión y los accidentes alrededor de los círculos literarios de moda (lecturas nudistas, amiguismos, grupúsculos y lecturas públicas en donde nadie escucha pero todos escriben)… sin embargo, su nombre ya tiene un par de años dispersándose –pues tiene la propiedad de los virus silentes– entre el insipiente terreno –y por momentos sorpresivo– de la literatura joven mexicana.
           Dejando a un lado a la autora, reitero que se trata de un poemario donde en una primera lectura desatendida –como hoy se estila– pareciera, de manera engañosa y no exenta de malicia por parte de Rey Serrata, se tratara de un inocuo poemario biográfico. Nada más lejano, afortunadamente, de la realidad poética (sí, esa realidad abstracta que se vasta a sí misma). Caesar es en sí un viaje entero que va de la adolescencia para virar a la niñez, saltar a la inestable vida adulta, regresar a ese tiempo ajeno que nos regalan las crónicas, la poesía y los libros. En corto: este libro contiene una mitología personal en la que se puede ver reflejado quién se asome, pero donde están presentes los elementos o unidades temáticas que entretejen y dan forma a las obsesiones, aciertos, errores y quimeras –o voz lírica dirían hasta hace pocos años atrás– que constituyen el contradictorio personaje que es el poema cesariano. Asistir a los poemas de este libro es asistir al entramado esquizofrénico de la niñez, el ajedrez, la adolescencia, el amor con su clásica tragicomedia, los dioses derruidos por el tiempo y las ruinas latinas de un pasado bélico en el que el personaje cree encontrar (o inventa) un interlocutor (monólogo al que, adentro del poemario, asiste la memoria disfrazada de fantasmas). Estas unidades temáticas son, en lectura propia, nodales pero no apocan el contenido de los versos, pues estas unidades temáticas se conectan con imágenes poéticas mucho muy variadas en las que se pueden encontrar (si el elector es de lengua mental curiosa) filamentos de diversos nombres, tonos, colores y lugares imposibles y fascinantes.
             Mas no hay que confundirse, a las unidades temáticas de este poemario no se llega de manera lineal, sino por la elaboración técnica de las imágenes cortantes, arrítmicas e inmediatas que se suceden con acierto y sujetas al ritmo del poemario en su conjunto, no del poema en particular, y el ritmo del poemario se encuentra sujeto al caos ordenado, lo reitero, no por azar, sino por técnica que revela la hiperfragmentación de las generaciones “forever teen” que ha escupido la vibrante revolución tecnológica. Por ello resulta natural que en Caesar todo sea secuela del encuentro entre contradicciones: Construcción autoreferencial en paralelo con las impresiones del mundo externo agobiado en guerras, dramas políticos, fugas al pasado, estrategias de juego que simulan y a veces revelan la naturaleza humana. Versos con sincero tono violento que se contraponen a imágenes de belleza rara y efectiva. El adolescente masculino y femenino fundido en una voz asexual que, como las máscaras, nos permite adueñarnos momentáneamente de Otro siempre en potencia en las geometrías mentales; la maternidad que no encuentra lugar en la larga orfandad enfadada de la especie, pero que quiere lograrse como si quisiera dar a la guerra al hijo –cordero que quizá nunca verá la luz – que hiciera por ella/él lo que no había podido realizar por sí mismo. La victoria siempre por encima de la derrota, pero sin esta última imposible la primera. Y la provocación, constante en el personaje la provocación de quien se mueve, con sonrisa cínica, cómodamente sobre el tablero de ajedrez.  
            Pero como se sabe, el tema o los temas siempre contienen “lo que se cuenta” (sí, estamos ante un poemario de corte narrativo), pero en materia de poesía siempre es más importante el “cómo se cuenta”, pues técnicamente es ahí donde radica la diferencia entre poesía y las muchas “ocurrencias” que hoy pululan a granel gracias a la arbitrariedad de pequeñas editoriales muy irresponsables que confunden –diría mi sabia abuela– “la gimnasia con la magnesia”. Por esto último es importante para mí, claro está, el ponderar este poemario que presenta un excelente manejo de la imagen poética. Los versos de Rey Serrata son, en este orden, calibrados, violentos, multireferenciales, emotivos, asexuales, atemporales y de un humor sórdido que, dicen quienes han leído poemas en plaquettes y poemas dispersos en revistas, páginas web, audios, etc., conserva y en este poema se solidifica para dar directamente en la nuca.
              Sí morra… Sí morro, sé que quieres encontrar en los poemas al autor lo indescifrable. Sé que te enseñaron a leer literatura con los viejos modelos que dictan que la obra es reflejo de quien lo escribe. Pero resulta obsoleto querer encontrar a Daniela Rey Serrata en Caesar; esto es un poemario, no un chismográfo…, sin embargo, sí se puede decir que se trata de una poética, ¿y qué poética no es biográfica? El poemario de Rey Serrata goza de ese tipo de contradicciones, lo que lleva al lector a una segunda, tercera y demás lecturas para atajar los juegos verbales que en el poemario se devanan.

            No hay truco alguno, Caissa –musa griega del ajedrez– es el personaje-espejo en el que se refleja –de los amantes es el juego de los arquetipos– en el Caesar histórico y al mismo tiempo el personaje reelaborado en amante-padre-hermano que complementa la contradicción. Caissa y Caesar parecen ser uno mismo, pero eso es lo de menos, lo importante de esa relación es todo el mundo poético derivado en el que se entrecruzan imágenes de excelente factura.
                 En estos tiempos de grosero individualismo y autoreferencialidad –yoísmo pues– el poemario de Rey Serrata no otorga una solución mágica, parece tampoco buscarla, todo lo contrario, difumina la poesía a lo largo de los poemas que conforman Caesar para que el elector se encuentre en la encrucijada que encierra toda partida de ajedrez. Está de más decir que nos encontramos  en medio del “fuego cruzado” y sólo el lector avezado podrá poner en juego sus piezas. El terreno de la guerra –en este poemario– está preparado para que el lector enfrente su condición de tanque o víctima.




Caesar, Daniela Rey Serrata, Literal, Ciudad de México, 2017.  
                                          

        





viernes, 5 de mayo de 2017

Porno tu porno


                                                                                                                         

No sé bien cómo fue que el tema llegó a colación, pero cuando alguien del corro de amigos con los que degustaba una cerveza dejó escapar algo así como “tu video porno amateur”, todos dejamos de lado otras charlas y la atención se focalizó en el indiscreto amigo y el quemado, el aludido. Al baterista de risa fácil no le quedó más que explicar que, revisando su correo en la portátil del agraviado, “sin querer” –los ardites absurdos de la culpa—había dado con un vídeo en el que un coito mal grabado, trepidante y entre claroscuros propios del halo de luz emitida de la cámara del celular con el que se grabó la escena, era el protagonista. Añadía, para otra torpe disculpa, que lo bueno es que no se veían los rostros, que sólo los había reconocido por la voz de los gemidos y las palabras obscenas. Las risas atronaron. Después de poco más de 10 minutos de intensa carrilla el amigo estaba vapuleado, sonrisa nerviosa y un sudor frío que perlaba su frente lo delataban. Fue entonces que alguien dijo que no era para tanto, que no lo tomara en serio porque a final de cuentas toda pareja tiene su vídeo porno, “todos tienen sus secretillos sucios”. Los hombres y las mujeres presentes nada dijeron, los que estaban con pareja sólo desviaron la mirada sin desmentir o asegurar nada, el silencio había sido contundente.
            La pornografía, “observar el erotismo de los otros para el erotismo propio” (masturbarse: Procurarse en soledad goce sensual), es una de las actividades humanas más viejas en la historia del comportamiento humano. Pero es hasta mediados del siglo XX  que la pornografía se hace industria mundial. Después de liberarse en los cincuentas de un puritanismo rígido e hipócrita (el sexo oral y anal se consideraban prácticas criminales), Norteamérica abanderó la liberación sexual en la que hippies, movimientos lésbicos-gays, artísticos y de otra índole, coincidían en su lista de buenos deseos y utopías por cumplir. El amor libre –hippiteca dixit—había obtenido una victoria. Sin embargo, los grupos vulnerables y minoritarios (prostitutas, lesbianas, homosexuales, transexuales, etc.) siguieron esperando por reconocimiento social e igualdad de derechos. Esto no opacó el ambiente festivo de la época y gente como Hug Hefner, Samuel Roth, Larry Flynt, etc., le dieron un giro a la idea de “entretenimiento para adultos. Cualquier experto en la materia objetará lo último subrayando que las filmaciones eróticas son más viejas, y dicho especialista está en lo correcto. Se tiene testimonio de filmaciones europeas, americanas y sudamericanas de gente masturbándose, en striptease o en pleno coito, sin embargo, como industria fílmica es innegable que el fenómeno comienza en el paradisiaco San Francisco de los años setentas. Películas como “Mona, the Virgin Nymph” (1970) de Bill Osco y  Howard Ziehm, “Boys in te Sand” (1971) de Wakefield Poole, “Deep Throat” (1972) de Gerard Damiano, son consideradas la punta del falo cinematográfico triple equis.           
Hoy en día el circuito del porno no difiere de empresas de entretenimiento como MTV o Hollywood. Hay casas productoras, presupuestos de todos los tamaños, géneros y subgéneros (desde Softporn fresa hasta Necro-Hardcore), hay actrices y actores para todos los gustos y de todos los niveles, revistas, canales en televisión de paga, productos, festivales, alfombras ¿rojas? y premios anuales. De su consumo exorbitante se coteja que todo adolescente, joven y adulto ha visto pornografía alguna vez en su vida, pero casi todos lo niegan.
No dudo, sin embargo, de mentes castas que por motivos diversos no han visto cine porno, o han evitado las revistas y los sitios web. Lo que sí no se puede negar es que presenciar un acto sexual excita la mente y los sentidos, es una experiencia sediciosa, purgante y a la vez turbia. “La mirada pornográfica activa en nosotros una tendencia natural del deseo: mirar aquello que se supone no debería ser visto. Si el cine es por antonomasia una actividad intersubjetiva y voyerista, el cine porno –y en general la pornografía –es su apoteosis mejor lograda” (Donato M. Platas). Cuando los patriarcas del celuloide y el lubricante develaron éste secreto colocaron reflectores, alistaron las cámaras, en sus comunidades sexuales pusieron a coger a fulanitas y sultanitos, editaron cintas, maquilaron el producto y le empezaron a dar a la gente las fantasías y experiencias de las que de una u otra forma ansiaban participar, pero que escapaba de sus posibilidades morales, económicas, civiles, etc. Generaciones de adolescentes, entonces, tuvieron sus primeros descubrimientos sexuales con las pocas cintas que de mano en mano, almidonadas, se traficaban. 
Para Claudio, un amigo que para el año de 1971 contaba con dieciséis años de edad, el mundo del cine prohibido fue el terreno donde descubrió y aprendió sobre las artes amatorias. Él recuerda: “éramos unos chicuelos con curiosidad. Nos gustaban las chicas, queríamos saber todo pero a la vez nos dábamos cuenta de lo poco que sabíamos del asunto, acaso lo básico: que en la concha se mete la pinga. Sabíamos que había revistas, sí, pero era complicado tenerlas en casa. El sexo era un asunto privado que guardaban muy en secreto los padres, algo había de malicioso si uno preguntaba por el asunto. Entonces encontramos a un amigo mayor que tenía un proyector y había conseguido unas cintas donde el sexo era explícito. Parecía un minicine, pubertos calientes del barrio acudíamos a las proyecciones. Nos sentíamos transgresores, estábamos viendo cosas prohibidas que muy pocos habían visto. Entenderás que en el Chile de los setentas casi nadie tenía acceso a éste tipo de material. Nos sentíamos intrépidos, conocedores y cómplices de un secreto”.       
Una amiga feminista me comentaba que ella veía en la maquinaría XXX un tipo de enajenación clasista para evitar que las clases explotadas, minorías y uno que otro torcido mental, hicieran el menor daño de índole sexual. Una válvula de escape para el casado, el solitario, el pobre, el inadaptado, el divorciado, etc., una manera más económica y práctica de mantenerlos ocupados en sus horas libres, sin mencionar las ganancias que el sexo en la pantalla destila. Mi amiga continúa: El cine porno, como consecuencia de una visión machista, cosifica a la mujer y asegura el estatus de la repartición del producto sexual. La maquinaria porno entonces parece decir: tengo actrices de todos los colores, todas las tallas, mujeres exuberantes y dispuestas a toda filia, consume, porque esto será lo más cercano a una mujer, o una experiencia como ésta. Los Juniors, la gente con poder adquisitivo no ven porno, no necesitan ver lo que hacen otros para hacerlo ellos.
Para otro camarada de letras el cine de culos, vergas y tetas –como industria—es una forma de entretenimiento que explica su alcance y éxito en la diversificación de sus actividades comerciales: Desde los viejos establecimientos en los que se exhibían solamente los videocassetes, pasando por las cabinas, las salas de exhibiciones, las sex-shops con toda su parafernalia, hasta los festivales eróticos y convenciones donde actrices, actores, stripers, productos y castings para futuras estrellas del viejo “mete y saca”, son el platillo principal. Espectáculo y sólo eso, pero generada por una industria que ha llegado a un  cenit y que es poderosa, no sé qué tan influyente pero sí subterráneamente poderosa. Tan sólo Donato reportaba en 2012 que “según un estudio realizado este año el 30 por ciento de todo el tráfico de internet es porno, ya que recibe la asombrosa cifra de 4.4 mil millones de visitas”.
Coincido con los amigos: descubrimiento, morbo, enajenación, catarsis, excesos, tragedias, negocio, el cine porno es eso y más. Sin embargo, datos de pornhub (uno de los mayores sitios webs porno a nivel mundial) aseguran que las tendencias y hábitos de los pornonautas y consumidores mexicanos ha cambiado, y esto es representativo por que explica una parte de la crisis que atraviesa el mercado del cine cachondo profesional.
Poco después de que internet viniera a cambiar todo en el ámbito del espectáculo y el entretenimiento, ya las grandes productoras habían quemado la mayor parte de sus ases. El consumidor de porno en formato videocassete y dvd –que nunca dejó de ser una minoría -- poco a poco se fue aburriendo de guiones soeces  y ridículos, mujeres curvilíneas y hermosas de perfecto pubis afeitado, histriones de miembros imposibles y brutales, coitos libres de sudor, mucho aceite, posiciones y actuaciones que poco o nada tenían que ver con el sexo real. “Ése otro no soy yo ni la gente de mi realidad inmediata”. El voyerismo había dejado de ser excitante, el voyerista simplemente se cansó de la superproducción creadora de lugares comunes.
Mientras el género se reinventaba con la apertura a otros subgéneros (Europa y sobre todo Japón innovaron en el terreno de las perversiones)  y con la participación más activa de las mujeres a nivel de producción y dirección, internet vino a darle otro arrimón avieso a empresas como Private, Playboy, Europorn, NKH, etc. La industria entraba en severa crisis afectada ya por la piratería, la competencia, las restricciones legales y su propio agotamiento. Pero la red, como bien se sabe, no acabó con la industria sino que la transformó de manera profunda. Las grandes empresas del también antiguamente llamado “cine azul”, enfrentaron nuevos retos ante nuevos hábitos de consumo de la pornografía en vídeo. 
De la confidencialidad de pareja al ámbito público en un click (Todos somos pornos)
México, según pornhub, uno de los pocos sitios que analiza el consumo de  su sitio web, es uno de los países líderes en visitas pornográficas. En su balance de 2013 el portal arrojaba datos relevantes sobre las preferencias y hábitos de visitas. Según el sitio el lunes era el día más saturado, la estancia por internauta era de aproximadamente ocho minutos con cincuenta y seis segundos. La categoría predominante en mujeres era “lesbiana”, seguido del gusto por los tríos. En hombres predominaba las categorías Teen y MILF (filias en los extremos de la edad). Pero en el terreno de búsqueda por palabras sobresalían las palabras “Mexicanas”, nuevamente “Teen” y el nombre de la actriz “Lisa Ann”. Sin embargo, en los últimos dos años la tendencia ha cambiado y todo parece indicar que el gusto por el sexo casero va desplazando los films de las grandes casas productoras.
            Las palabras registradas en el último año en buscadores de sitios xxx han sido “mexicanas”, “casero”, “gordibuenas”, “amateur”, “hoteles”. El tiempo por visitante ha aumentado en minutos y en la variedad de dispositivos (Xbox y otras consolas de juego, teléfonos, tablets, computadoras portátiles y de escritorio) en los que mujeres (número de internautas que ha aumentado considerablemente) y hombres se dan sus minutos para el voyerismo y el autoplacer.
            Datos ociosos, cierto, pero para la gente del negocio significaron números rojos, merma sobre la merma en el terreno mexicano, pues no sólo se ha dejado de comprar su producto sino que lo han dejado de ver. Como respuesta, algunas empresas internacionales han invertido en los festivales eróticos recurrentes en los últimos años, Expo-Sexo. Sin embargo, como se apuntó ya antes, la gran industria se encuentra con estos nuevos retos y la crisis por la que pasa no amenaza con derrumbarla, pues igual que el imperio hollywoodense, el del porno sabrá conservar a sus consumidores o creará nuevos, mientras la curiosidad y el deseo sexual siga alimentando los esfuerzos de los seres humanos (adolescentes nunca faltarán).
            Para nuestro breve análisis, los datos arrojan más sobre el comportamiento del mexicano en sus hábitos sexuales. Y vaya que han cambiado, al igual que en muchos otros países, los  mexicanos, comunes y corrientes, se han vuelto productores, directores y protagonistas de sus propios vídeos porno. Ya no les basta la ficción, el mexicano quiere sexo real, quiere ver y ser visto, quiere atención y ansía la experiencia del verdadero voyerista (ver lo que no debe ser visto), y la instantaneidad de los medios le permite ser espectador y protagonista del gran big brother de carne y líquidos: ver al otro y ser el otro, el del vídeo, el mismo pero otro: el que fornica.
             La mirada pornográfica requiere de mínimo tres participantes: los que comparten el momento íntimo –y que en ningún momento pueden verse así mismo en el acto—y el que observa, éste último vital en la interacción pornográfica. Esto se puede comprender fácilmente si uno pone atención en los grandes espejos de pared y techo –sutiles–de  algunos cuartos de “cinco letras”.
Si el cristal permite la contemplación del coito –uno mismo que se observa gracias al reflejo--, el vídeo casero permite cerrar el triángulo pornográfico al poder revivir  una y otra vez el momento. Siendo el vídeo de otros a los que no se conoce –y que se entregan de manera natural al placer de la carne—el voyerista logra su fin esencial: ver lo que se supone no debe ser visto, asistir a la intimidad del otro, asistir al secreto del otro (incestos, infidelidades, coito entre parejas que no saben que están siendo grabadas, exhibicionismo, etc.).
Tito Constanso, un comerciante de selecto cine azul en el mercado de la Lagunilla, reitera lo aquí expuesto: “Todavía, y durante años, me han pedido los dvd’s que, según se cuenta, graban en los hoteles de paso de la Ciudad de México. Se llevan las recopilaciones de vídeos caseros a falta de los supuestos vídeos ocultos en posadas. La demanda me hizo buscarlos, yo al menos te digo que no existen, no los he encontrado. Pero quién sabe, la banda está bien torcidita y en una de esas sí andan rolando por ahí. El caso es que la gente quiere ver a otras personas iguales a ellas cogiendo”.
Con la accesibilidad de un dispositivo móvil y de un click a otro, la gente pasó de ser espectador a participante, de la confidencialidad de pareja a la intervención comunitaria de la intimidad. Todos somos pornos… queriendo o no. Y esto último es el lado negativo del asunto, pues aunque va en aumento el número de personas que suben sus propios vídeos a la web, la mayoría es material que ha sido robado, tomado por terceros o puestos en la red sin el consentimiento ni conocimiento de la persona involucrada (en algunos casos se exhibe el vídeo a manera de venganza). Situación horrible, pues aunque nos resulte morbosamente atractiva la actividad sexual de otras personas, la verdad es que a pocos les gusta que desconocidos los vean en el abandono total del sexo que es, acaso como la ebriedad, un estado de total inconsciencia. ¿O a quién en su sano juicio le gusta que lo graben en los desfiguros de la borrachera para divertimento de los otros?
Por ello --y si no eres exhibicionista o estrella porno pero te gusta ver a tu(s) pareja(s) y a ti mismo echando un buen palo --, para evitar extorsiones, malos entendidos, el trauma de ver a tu pareja cogiendo con otra persona (de su pasado o de su presente) o pertenecer al selecto link de los vídeos caseros de xnxx, youporn, parísporn, mexibuenas o Mexxx, sin tu consentimiento. Para lo que no te pase lo que a mi amigo, te recomiendo seguir los siguientes tips básicos:
a)      Consentimiento en grabar o ser grabado. El respeto ante todo (Nada peor que ser capturado por cámaras ocultas).
b)      No guardes archivos de vídeo en celular, tu usb del diario, laptop u otro dispositivo de uso cotidiano.
c)      No compartas tus vídeos por mensajería de Facebook –u otra red social--, Whatsapp, ni los mantengas almacenados en la bandeja de tu correo electrónico.
d)     Cómprate un tripie para obtener buenos vídeos
e)      Cobra regalías si alguien ha visto material tuyo. Argumenta que se la han jalado o metido los dedos con el sudor de tu cuerpo.
f)       Si te vas a grabar para compartir jamás finjas un orgasmo, eso te quita likes. 




                     
                                                                                      
       

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