jueves, 8 de junio de 2017

Breve apunte sobre Veneno para la ausencia de Chary Gumeta, y una selección de poemas


 En Tuxtla Gutiérrez y otros municipios del mosaico multicolor que es Chiapas, se rebosa de poetas de todos los estilos. Poesía indígena en sus lenguas maternas, poesía popular, poesía académica, vanguardista, comprometida, costumbrista, feminista, etc., la “paradisíaca” entidad tiene una amplia oferta poética en la que todas las formas, todos los colores, todos los sonidos se entrecruzan y corresponden. Es por ello que no resulta extraordinario que los acentos lúgubres y violentos también tengan sus representantes y su búsqueda. Lo sobresaliente, en este caso y bajo el colorido escenario, es hacer de la muerte –leitmotiv imperecedero– un lugar dinámico desde donde parte la experiencia poética, desde donde parte la esperanza. Chary Gumeta (1962) es de las pocas poetas chiapanecas que goza de las delicadas herramientas poéticas para convocar a los muertos y sus voces. Nigromancia de luz es quizá la propiedad más sobresaliente del poemario Veneno para la ausencia, primer libro que compone la antología poética Como plumas de pájaros de Chary Gumeta (Prólogo de Socorro Trejo Sirvent), y que recopila plaquettes y poemarios que se han publicado en el extranjero y a nivel nacional, en diferentes momentos del andar de la poeta oriunda de Villaflores.
            Compuesto por veintidós poemas, Veneno para la ausencia es un poemario equilibrado por el tema de la muerte, el tono intimista de los poemas y la peculiaridad de las imágenes donde lo fantástico y lo popular se entreveran. Pero en el ámbito de la poesía nacional, el poemario cobra relevancia por su tratamiento de la temática de la muerte. En el poemario, la muerte se presenta como un espacio habitado por fantasmas, un terreno desde el que la voz poética plantea sus ausencias, sus recuerdos, sus dudas, sus verdades y convoca a sus muertos para hablarles en ese lenguaje lumínico –“una perla diáfana y blanca”– sólo asequible para los que han pasado el umbral de la existencia. El espacio de la muerte, como ya he apuntado, es un espacio dinámico en el que se encuentran los amigos, los familiares y las ausencias. Rosario Castellanos, la abuela, la hermana, ahí están, hombres y mujeres a los que la voz poética llega sin llegar; la nigromancia poética exige lo mismo que a Orfeo: no voltear a ver a los muertos, sólo escuchamos y compartimos la voz, la poesía como ese pequeño consuelo que intenta llenar ausencias, huecos. Sin embargo, en este espacio familiar que es la muerte queda también consignadas algunas de las características de la pluma de Chary Gumeta: el arraigo, la tradición, y un hondo reflexionar y sentir la vida desde un existencialismo donde la libertad, la responsabilidad y el sino de la vida están presentes gracias a su tono intimista, tono que nos permite, a partir de personajes que pertenecen al mundo de la voz poética, reflejar o pensar en nuestro panteón personal.  

            La muerte como símbolo de la ausencia es también el espacio donde el vivo siente y penetra en su soledad. “Dolor de no tenerte”, dirá la voz poética para aseverar que la ausencia, como la muerte, no es un espacio inerte, en la ausencia no se puede mitigar el dolor, “es como un hachazo al árbol / como arder en penumbras de muchos soles”, en el dolor de la ausencia está el insomnio, el vacío, el recuerdo que es nostalgia y la nostalgia una llaga que contiene el peor de los padecimientos: “tu nombre impregnado en la memoria”. En términos de lenguaje, la ausencia le permite a la poeta indagar en versos donde está involucrado el cuerpo y su sensibilidad, la pérdida se revela en los labios, en el aliento, en las manos, en los recovecos del cuerpo, esto impacta directamente en versos de un sensibilidad aciaga donde lo fantástico hace su aparición para involucrar los sentidos: “Entonces, sí, Marcela, / lluéveme con ganas / y derrama sobre mi cuerpo el azul de tu mirada.”

            Sensibilidad en contacto consiga misma y con el exterior, resulta obvio que Chary Gumeta no pueda escapar del influjo de los eventos sociales que permean a nuestro país, sobre todo cuando estos eventos van de la mano con la tragedia, la violencia y el abuso de poder en una sociedad que tiende a la deshumanización acelerada. Entonces la pluma de la poeta sureña consigna la muerte de los otros: los suicidas, las víctimas de la fatalidad y las víctimas de la democracia fallida que es México. En poemarios como Voy al norte con el viento sobre el rostro, Poemas muy violetas y También en el sur se matan palomas, es notorio que Chary Gumeta acomete una poesía comprometida con toda la intención de dar testimonio de las injusticias y absurdos, señalar a los culpables, denunciar las atrocidades y consignar el recuerdo de migrantes, victimas del crimen organizado, presos políticos y, en fin, el rostro de un país deteriorado por la desigualdad, la corrupción, la pobreza y la violencia; sin embargo, ya en Veneno para la ausencia esta preocupación por el contexto social ya se apuntala con tres poemas de excelente factura: “19 de septiembre de 1985”, “Para un suicida” y “Mamá. En el terreno de la muerte, “Para un suicida” es un poema que funciona como espejo en el que se refleja el conflicto de la contradicción humana. Todos tenemos algo de suicidas “porque vivir sólo ha quedado / en el libro de la vida”. Efímero y doloroso el humano, la pluma de la poeta, con un guiño irónico, nos señala la compleja naturaleza –y exclusivamente humana– de la autodestrucción. Por otra parte, “19 de septiembre de 1985” es un evidente homenaje a los sobrevivientes y a las víctimas del emblemático terremoto que sacudió a la ciudad de México. Sobresale no sólo por la propuesta del tema, también y sobre todo por el retrato lúgubre de una ciudad en ruinas a la que se le revela el rostro de la muerte. Por último “Mamá, texto que cierra el poemario, es quizá el poema más emotivo de este primer conjunto. Dedicado a Alexander Mora Venancio, estudiante de la Escuela Normal de Ayotzinapa y desaparecido desde los sangrientos eventos de la noche del 26 de septiembre de 2014 en el municipio de Iguala, Guerrero. En el poema, la pluma de Chary Gumeta cede la voz poética al mismo estudiante que desde la oscuridad de la muerte se dirige a la madre que no ha cesado en su búsqueda. El poema es efectivo porque, a diferencia de los muchísimos poemas que se han escrito al respecto, la poeta logra incidir en capas muy íntimas del dolor humano: las palabras de los muertos que tratan de llegar a los vivos para otorgar el consuelo que no encuentran. Es imposible no recordar con el poema de Chary Gumeta a las voces muertas de Juan Rulfo en su Pedro Páramo, sólo que el recurso de prestarle voz a los muertos adquiere matices desgarradores cuando se trata de voces que fueron acalladas en una realidad que avasalla a la ficción. Reitero, profundamente humano, el poema destaca por su sencillez, efectividad, emotividad e inesperado final.
            Se puede seguir ahondando en el tema de la muerte en este poemario, así como en el resto de los libros que conforman la antología de Chary Gumeta, ya que la muerte como la rabia, el compromiso, la melancolía y lo fantástico, serán motivos y recursos que se mantendrán y crecerán en el resto de sus poemarios. Sin embargo, para un primer acercamiento a la poesía de esta autora a través del tema de la muerte, que es sólo un rasgo de sus intereses y horizontes poéticos, basta con este breve apunte y la selección de algunos poemas que complementan lo aquí expuesto. Por último, sólo resta señalar que una poética, naturalmente, la conforman tanto los temas como las herramientas lingüísticas que son aplicadas al poema, Chary Gumeta es una poeta fuera de lo común porque se decidió a hundir las manos y el pensamiento en motivos complicados a nivel técnico, y muy desgastantes a nivel mental y emocional. Entablar un diálogo con los muertos es una tarea complicada sólo apta para quienes tienen un amor profundo a la vida y las pequeñas cosas que la conforman. Me atrevo a aseverar que ese amor profundo a la vida caracteriza a Chary Gumeta como persona y como poeta.




Selección de poemas de Veneno para la ausencia:

Por la calle va brincando
una perla diáfana y blanca
hace ruidos que sólo escuchan
los muertos.




Por hoy,
quiero dormir y despertar cuando
tenga nietos, para jugar.




A menudo he dicho que cuando muera,
no quiero que me entierren en el panteón,
tendré mucho miedo de estar a solas
con los muertos, deben realizar mis funerales
bajo un árbol frondoso, con muchas ramas,
para salir de cuando en cuando a sentarme
bajo su sombra y mirar a la gente que se cobija con él.
Tampoco quiero que se afanen en cerrar
mi caja, deben dejar una rendija
para el aire fresco, los rayos del sol
y aventurarme en la mirada.





19 de septiembre de 1985
A ellos, quienes despertaron en otra dimensión
por un bostezo de la Ciudad de México
Persigo al viento por las calles
como loca en el desierto-hombre
las campanas gritan,
muestran cicatrices cuando callan.

El insomnio titila en el andamio
corrigiendo a sus ojos su cerrado;
sus rostros descansan invisibles
en el quicio de la ciudad de los perdidos.

Las imágenes del fondo no son reales.
Son quemaduras de luciérnagas actuales
que escriben con sus pasos grandes males
entre edificios y fierros reducidos.

Sangran los pies, sangran las manos,
los cuerpos se retuercen iluminados
con la eternidad a cuestas
en la angustia que se agrupa en la avenida,
una pausa los detiene
los abandona en los puños de la muerte.

El aliento congela la vida
las nubes lloran sin consuelo
un ave atraviesa los sueños
derritiendo la voz de la desesperación
en nocturnas y tristes amapolas.

Congestionado el lienzo de los muertos
caminan malheridos sobre el polvo del silencio,
pensando en las huellas moribundas
y en el humo espeso que se encuentra en su cabeza.

La ciudad duerme tras un bostezo
para volver hasta que despierten los justos.





Dolor de no tenerte
Para mi querido amigo Ulises Mandujano, el Che Garufas
No quiero compartir con nadie tu partida
no quiero desocuparme de recuerdos
ni participar en rezos de luces de Bengala.

Mi pensamiento atraviesa los desiertos
con sobresaltos de antaño
que acarician el velo de vivencias.

Te confieso afligida que mis lágrimas
no son visibles a la luz.
No me culpes por soltar palomas en octubre
para atravesar las nubes caprichosas
ni tampoco me digas
que los muertos entierran a los muertos
para darme consuelo de cigarras.

Tengo una gran herida
que no puede ser curada con caricias de flores
un vacío
que no llena ni el sol del paraíso
una pérdida
que no se sufrió ni el diluvio.

Resucito a ratos
y ese pesar que me lastima
sigue hilvanando la orilla de mi corazón.

No puedo mitigar el dolor
es como un hachazo al árbol
como arder en penumbras de muchos soles
un vacío fúnebre de oscuridad eterna.

No puedo respirar
un nudo atraviesa mi garganta
con lágrimas perpetuas de tristes despedidas.

Qué dolor de no tenerte
qué dolor por haberte perdido en el bosque de los sueños
qué dolor de no volver a respirar tu mismo aliento.

Todo queda suelto, volando sobre el limbo
desmenuzándose en ese dolor atroz para los vivos
vociferando grandes males para el mundo,
conteniendo la mirada con perlas de aguatinta
en un fluir constante de eternas despedidas
en un decir adiós, quedo y silencioso
en una despedida ya tempestuosa ya pausada
con un dolor agudo y angustioso.

Y en esa suerte de insomnio sonideros
quedarán a la intemperie dolores solitarios
mitigándose en el remanso de la tarde
con tu nombre impregnado en la memoria.





Para un suicida
La vida se acaba
hasta que se acaba
para Marco Fonz

Escucho voces
de edades distintas
es evidente que mi oído
aún descifra la transparencia.

Cada edad tiene una experiencia acumulada
que entierra el alma cada día
pretendiendo existir
porque vivir sólo ha quedado
en el libro de la vida.

Es tan absurdo el suicidio
como una tragedia brutal
e incomprendida
donde vivir está prohibido.

Morir es libertad
¿entonces para qué vivir?
Cortar de tajo
mientras las estrellas brillan en el cielo
y hace buen tiempo para volar.

Hay cierta lucidez en el suicida
su impensado hecho y confuso motivo
le dan la fuerza
para no seguir vivo.





Para Alexander Mora Venancio,
estudiante desaparecido de la Escuela Normal de Ayotzinapa

“Mamá
en esta oscuridad en que me encuentro
pienso en ti y en tu inconsolable llanto
por saberme perdido.

En este silencio estoy angustiado
porque no sé nada de ustedes.

Déjame que te cuente
que en esta soledad
ya soy amigo del viento y de la noche,
que el día me sirve
para recordar tu rostro, el de papá
y el de mis hermanos.

Mamá
aquí sólo puedo andar a tientas,
no me encuentro,
no sé en qué momento
me extravié de tus ojos y de tus manos,
no escucho tu voz.

Mamá,
por favor, no dejes de buscarme
que estoy ansioso por volver a tus brazos,
por volver a soñar junto a ti.

Diles a mi padre y a mis hermanos
que perdonen a quienes nos quitaron la vida
y nos causaron lágrimas”.


Ficha: Chary Gumeta, Veneno para la ausencia, en Como plumas de pájaros, Antología poética, CONECULTA-CHIAPAS, México, 2016.  


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