martes, 6 de junio de 2017

Caesar o el terreno de la guerra




La poesía hoy como cualquier producto cultural es mera moneda corriente. Grupúsculos, poetas emergentes, poetas apadrinados, poetas becados, poetas licenciados, poetas del pueblo, poetas malditos (¿todavía?), poetas amorosos (los peores), poetas académicos, slameros (que se ofenden si no se les reconoce como poetas), raperos (versificadores confundidos), performanceros, antipoetas  y vaya… podríamos desperdiciar la cuartilla entera en todo los ismos y caterva de poetas que pululan en un país que se caracteriza por sus altos índices de incomprensión lectora. Al parecer el slogan ha funcionado: “lee veinte minutos al día”, “México hacia un país de lectores”, “en esta escuela todos somos lectores y escritores”, bla, bla, bla… chida retórica… Nuestra “nueva poesía” exhibe lo soez de este tipo de demagogia cultural; ya sea en los escaparates de primer nombre para lo socialite cultural, pasando por los escalafones universitarios y políticamente organizados, hasta los defensores del pueblo y los habitantes del hoyo fonkie herederos de malos lectores de Fante, Bukowsky, Lowry y todos los dipsómanos y yonkies que usted recuerde. ¡Todos poetas!, todos con su trompeta de oro –latón; no mames… si aquí no alcanza pa’ más– intentando  ganar un lugar dentro de la parcela para la que escriben: En el paraíso de la globalización todos somos espectadores y protagonistas en un mismo click. Entre tanta “novísima” propuesta y promesa no pude evitar preguntarme sobre la poesía y para qué escribirla en estos tiempos en que la palabra es un reflejo equivoco de la democracia. Obvio, éste no es el espacio de la respuesta, pero sí de una propuesta que indirectamente quiere dar en un punto cercano a ella, más interesante que el fin anterior. Me refiero al poemario Caesar de la precoz escritora Daniela Rey Serrata.




             Lo primero que hay que señalar es que no estamos ante un libro de poemas o recopilación de los mismos, Caesar es un poemario, primera virtud de no poco mérito, pues la relación entre los temas y la escritura que se sostiene a lo largo del viaje temporal, anímico, sexual y poético que representa este poemario. Sí, es cierto, son 52 poemas que conforman un solo poema en el que la poeta agota las unidades temáticas que conforman el andamiaje de Caesar. Esto que parece un acento de aprobación académica dice en realidad lo único que me interesa, a nivel personal, expresar sobre la autora: su oficio poético. Daniela Rey Serrata es una escritora que rechaza la improvisación, la inspiración de primera impresión y los accidentes alrededor de los círculos literarios de moda (lecturas nudistas, amiguismos, grupúsculos y lecturas públicas en donde nadie escucha pero todos escriben)… sin embargo, su nombre ya tiene un par de años dispersándose –pues tiene la propiedad de los virus silentes– entre el insipiente terreno –y por momentos sorpresivo– de la literatura joven mexicana.
           Dejando a un lado a la autora, reitero que se trata de un poemario donde en una primera lectura desatendida –como hoy se estila– pareciera, de manera engañosa y no exenta de malicia por parte de Rey Serrata, se tratara de un inocuo poemario biográfico. Nada más lejano, afortunadamente, de la realidad poética (sí, esa realidad abstracta que se vasta a sí misma). Caesar es en sí un viaje entero que va de la adolescencia para virar a la niñez, saltar a la inestable vida adulta, regresar a ese tiempo ajeno que nos regalan las crónicas, la poesía y los libros. En corto: este libro contiene una mitología personal en la que se puede ver reflejado quién se asome, pero donde están presentes los elementos o unidades temáticas que entretejen y dan forma a las obsesiones, aciertos, errores y quimeras –o voz lírica dirían hasta hace pocos años atrás– que constituyen el contradictorio personaje que es el poema cesariano. Asistir a los poemas de este libro es asistir al entramado esquizofrénico de la niñez, el ajedrez, la adolescencia, el amor con su clásica tragicomedia, los dioses derruidos por el tiempo y las ruinas latinas de un pasado bélico en el que el personaje cree encontrar (o inventa) un interlocutor (monólogo al que, adentro del poemario, asiste la memoria disfrazada de fantasmas). Estas unidades temáticas son, en lectura propia, nodales pero no apocan el contenido de los versos, pues estas unidades temáticas se conectan con imágenes poéticas mucho muy variadas en las que se pueden encontrar (si el elector es de lengua mental curiosa) filamentos de diversos nombres, tonos, colores y lugares imposibles y fascinantes.
             Mas no hay que confundirse, a las unidades temáticas de este poemario no se llega de manera lineal, sino por la elaboración técnica de las imágenes cortantes, arrítmicas e inmediatas que se suceden con acierto y sujetas al ritmo del poemario en su conjunto, no del poema en particular, y el ritmo del poemario se encuentra sujeto al caos ordenado, lo reitero, no por azar, sino por técnica que revela la hiperfragmentación de las generaciones “forever teen” que ha escupido la vibrante revolución tecnológica. Por ello resulta natural que en Caesar todo sea secuela del encuentro entre contradicciones: Construcción autoreferencial en paralelo con las impresiones del mundo externo agobiado en guerras, dramas políticos, fugas al pasado, estrategias de juego que simulan y a veces revelan la naturaleza humana. Versos con sincero tono violento que se contraponen a imágenes de belleza rara y efectiva. El adolescente masculino y femenino fundido en una voz asexual que, como las máscaras, nos permite adueñarnos momentáneamente de Otro siempre en potencia en las geometrías mentales; la maternidad que no encuentra lugar en la larga orfandad enfadada de la especie, pero que quiere lograrse como si quisiera dar a la guerra al hijo –cordero que quizá nunca verá la luz – que hiciera por ella/él lo que no había podido realizar por sí mismo. La victoria siempre por encima de la derrota, pero sin esta última imposible la primera. Y la provocación, constante en el personaje la provocación de quien se mueve, con sonrisa cínica, cómodamente sobre el tablero de ajedrez.  
            Pero como se sabe, el tema o los temas siempre contienen “lo que se cuenta” (sí, estamos ante un poemario de corte narrativo), pero en materia de poesía siempre es más importante el “cómo se cuenta”, pues técnicamente es ahí donde radica la diferencia entre poesía y las muchas “ocurrencias” que hoy pululan a granel gracias a la arbitrariedad de pequeñas editoriales muy irresponsables que confunden –diría mi sabia abuela– “la gimnasia con la magnesia”. Por esto último es importante para mí, claro está, el ponderar este poemario que presenta un excelente manejo de la imagen poética. Los versos de Rey Serrata son, en este orden, calibrados, violentos, multireferenciales, emotivos, asexuales, atemporales y de un humor sórdido que, dicen quienes han leído poemas en plaquettes y poemas dispersos en revistas, páginas web, audios, etc., conserva y en este poema se solidifica para dar directamente en la nuca.
              Sí morra… Sí morro, sé que quieres encontrar en los poemas al autor lo indescifrable. Sé que te enseñaron a leer literatura con los viejos modelos que dictan que la obra es reflejo de quien lo escribe. Pero resulta obsoleto querer encontrar a Daniela Rey Serrata en Caesar; esto es un poemario, no un chismográfo…, sin embargo, sí se puede decir que se trata de una poética, ¿y qué poética no es biográfica? El poemario de Rey Serrata goza de ese tipo de contradicciones, lo que lleva al lector a una segunda, tercera y demás lecturas para atajar los juegos verbales que en el poemario se devanan.

            No hay truco alguno, Caissa –musa griega del ajedrez– es el personaje-espejo en el que se refleja –de los amantes es el juego de los arquetipos– en el Caesar histórico y al mismo tiempo el personaje reelaborado en amante-padre-hermano que complementa la contradicción. Caissa y Caesar parecen ser uno mismo, pero eso es lo de menos, lo importante de esa relación es todo el mundo poético derivado en el que se entrecruzan imágenes de excelente factura.
                 En estos tiempos de grosero individualismo y autoreferencialidad –yoísmo pues– el poemario de Rey Serrata no otorga una solución mágica, parece tampoco buscarla, todo lo contrario, difumina la poesía a lo largo de los poemas que conforman Caesar para que el elector se encuentre en la encrucijada que encierra toda partida de ajedrez. Está de más decir que nos encontramos  en medio del “fuego cruzado” y sólo el lector avezado podrá poner en juego sus piezas. El terreno de la guerra –en este poemario– está preparado para que el lector enfrente su condición de tanque o víctima.




Caesar, Daniela Rey Serrata, Literal, Ciudad de México, 2017.  
                                          

        





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